Faroles




Las ranas lo despiden,
desde la cuneta,
mientras se adentra en esa promesa
llena de estrellas
y se carga de estática, mientras llega a la parada del ómnibus,

ella lo espera fumando,
escapando de las luces frías.
Busca esquinas con faroles anaranjados,
siente el vértigo en los dedos
desde que se subió las medias
y agarró la campera.

Y después de los besos,
hacen malabares intentando explicar
los insondables rincones del alma.
Pero no es momento
de visajes lastimeros,
ni de lamentos elaborados.                                Es el tiempo                                                          de las verdades absolutas.

Y van de una plaza a la otra,
de la rambla hasta el centro,
y otra vez terminan
en aquel cuarto
de paredes dibujadas con tiza
y olor a humedad.

Murmurando, al fulgor del último cigarrillo,
expiando en esa cama de una plaza
las promesas que no cumplieron
y los abrazos que les negaron.

Apagan el fuego, para escapar en la noche:
cazadores y recolectores
en el cemento salvaje,
portadores de cruces de madera podrida.

Van con un sí por delante,
se dejan llevar en ese naufragio
de costas rocosas
y tabaco seco,
de labios violetas
y dedos manchados.

Y con el alba, el mundo se vuelve
de cartón pintado:
una calesita sin música
los devuelve al llanto,
a ese ataúd arañado
que a veces llamamos rutina.


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